Juventud: alegría frente a miedos tristes que atenazan la libertad y la esperanza

Artículo de Salvador Bernal, con motivo del mensaje papal para la próxima jornada de la juventud en Roma el domingo de Ramos.

Opus Dei - Juventud: alegría frente a miedos tristes que atenazan la libertad y la esperanza

Religión Confidencial Juventud: alegría frente a miedos tristes que atenazan la libertad y la esperanza

*****

He repasado la homilía que pronunció san Josemaría Escrivá en el primer domingo de Cuaresma de 1952, incluida con el título La conversión de los hijos de Dios en el libro Es Cristo que pasa. Y me ha vuelto a sorprender, junto a los enfoques centrales sobre este tiempo litúrgico, la consideración de que en Cuaresma, en que “nos reconocemos pecadores, llenos de miserias, necesitados de purificación, también cabe la alegría”. Porque es simultáneamente “tiempo de fortaleza y de gozo” (n. 63).

Lo he recordado al leer el mensaje papal para la próxima jornada de la juventud en Roma el domingo de Ramos, la segunda antes del gran evento mundial de Panamá del 22 al 27 de enero de 2019. Las tres jornadas giran en torno a un lema mariano, con el que Francisco ofrece a la gente joven una síntesis teológica del sentido de la vida. El año pasado se centraba en las palabras del Magnificat: “El Todopoderoso ha hecho grandes cosas en mí” (Lc 1,49). Ahora, otro pasaje clásico de la escena de la Anunciación: “No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios” (Lc 1, 30). Son jalones del camino hacia la emblemática respuesta de la Virgen: “He aquí la sierva del Señor; hágase en mí según tu palabra” (Lc 1, 38). Sin duda, ese esquema estará muy presente en la asamblea ordinaria del sínodo de obispos que se celebrará en Roma en octubre: “Los jóvenes, la fe y el discernimiento vocacional”. La Señora abrirá el camino con valentía de presente y esperanza de futuro, elementos esenciales de toda decisión verdaderamente cristiana.

El desparpajado juvenil, no exento de inhibiciones, puede no superar temores profundos que conturban las psicologías personales, especialmente en momentos decisivos de la vida. La exaltación de la libertad no siempre renuncia al deseo de seguridad, que lleva a dilatar decisiones por miedo al error, sobre todo, cuando se espera el compromiso de una respuesta definitiva. No hay aquí para los corazones, como en la comedia de Jardiel, freno y marcha atrás.

El fenómeno forma parte de la condición humana, por mucho que se acentúe en nuestros días: ante el misterio divino, la criatura tiembla y su reacción no es siempre auténtico temor de Dios, que lleva consigo la plenitud de la paz, como todo don del Espíritu Santo. Aun en tiempos de Internet y Google, sigo consultando las viejas Concordancias. El verbo timeo tiene 184 entradas; el sustantivo timor, 109. El propio papa recuerda en su mensaje que “en las Sagradas Escrituras encontramos 365 veces la expresión ‘no temas’, con todas sus variaciones. Como si quisiera decir que todos los días del año el Señor nos quiere libres del temor”.

Con afecto paternal, Francisco repasa los miedos que pueden atenazar a los más jóvenes (y a todos): el riesgo de no ser queridos por lo que son, que lleva a adaptarse a “estándares a menudo artificiales e inalcanzables”, con retoques de imagen y uso de máscaras y falsas identidades; el temor a no “encontrar una seguridad afectiva y quedarse solos”; el miedo a no alcanzar sueños profesionales; o a no ser felices, también por haber equivocado la respuesta a Dios o ante la incertidumbre de preguntas como “¿quién me garantiza que podré llegar hasta el final? ¿Me desanimaré? ¿Perderé el entusiasmo? ¿Seré capaz de perseverar toda mi vida?”

Obviamente, la clave cristiana está en el ne timeas! En calibrar la condición real de cada miedo, para superarla con un acto de fe, de acuerdo con el reproche de Jesús a los discípulos: “¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?” (Mc 4,40). Hay que alejar el ensimismamiento y abrirse a la gracia, contando siempre con el consejo de tantos amigos prudentes, quizá con más experiencia. El papa previene contra el riesgo de que el “resplandor de la juventud se apague en la oscuridad de una habitación cerrada en la que la única ventana para ver el mundo sea el ordenador y el smartphone”. De ahí el gran consejo, en el que no dejan resonar las palabras proféticas de Juan Pablo II al comenzar su pontificado: “Abrid las puertas de vuestra vida. Que vuestro ambiente y vuestro tiempo estén ocupados por personas concretas, relaciones profundas, con las que podáis compartir experiencias auténticas y reales en vuestra vida cotidiana”.