Felices de vivir cerca de Dios

Benedicto XVI afirma que "el luminoso ejemplo de los santos despierta en nosotros el gran deseo de ser como los santos: felices de vivir cerca de Dios".

El pasado 1 de noviembre, solemnidad de Todos los Santos, Benedicto XVI celebró la Santa Misa en la basílica vaticana.

En la homilía, el Papa puso de relieve que los santos "no son una exigua casta de elegidos, sino una multitud sin número, hacia la cual la liturgia de hoy nos exhorta a levantar la mirada. En esta multitud no sólo están representados los santos oficialmente reconocidos, sino los bautizados de todas las épocas y naciones, que han intentado cumplir con amor y fidelidad la voluntad divina".

El Santo Padre afirmó que "el luminoso ejemplo de los santos despierta en nosotros el gran deseo de ser como los santos: felices de vivir cerca de Dios, en su luz, en la gran familia de los amigos de Dios. (...) Esta es la vocación de todos nosotros, confirmada con vigor por el Concilio Vaticano II, y que hoy se vuelve a proponer a nuestra atención de modo solemne".

"Para ser santos -explicó- no es necesario realizar acciones y obras extraordinarias, ni poseer carismas excepcionales. (...) Es necesario, sobre todo, escuchar a Jesús y después seguirle sin desalentarse ante las dificultades".

"Amar implica siempre un acto de renuncia personal, y de este modo somos felices"

Benedicto XVI señaló que "la experiencia de la Iglesia demuestra que toda forma de santidad, aun siguiendo caminos diferentes, siempre pasa por la vía de la cruz, de la renuncia. Las biografías de los santos describen a hombres y mujeres que, siendo dóciles a los designios divinos, afrontaron en ocasiones pruebas y sufrimientos indescriptibles, persecuciones y martirio".

"El ejemplo de los santos es para nosotros un aliento a seguir los mismos pasos, a experimentar la alegría de quien se fía de Dios, pues la única verdadera causa de tristeza y de infelicidad para el hombre es vivir lejos de Él".

El Papa subrayó que la santidad "exige un esfuerzo constante, pero es posible para todos, porque más que obra del ser humano es sobre todo don de Dios, tres veces Santo".

"En Cristo -terminó-, Dios se ha entregado totalmente a nosotros, y nos llama a una relación personal y profunda con El. Cuanto más imitemos a Jesús y permanezcamos unidos a El, tanto más entramos en el misterio de la santidad divina. Descubrir que nos ama de modo infinito, nos estimula a amar a los hermanos. Amar implica siempre un acto de renuncia personal, y de este modo somos felices".

"El ser humano aspira a la trascendencia"

Benedicto XVI también dedicó una breve reflexión a la conmemoración de los fieles difuntos (2 de noviembre), celebración que "nos brinda una oportunidad singular para meditar sobre la vida eterna".

"El hombre moderno -se preguntó el Papa -¿sigue esperando esta vida eterna o piensa que pertenezca a una mitología superada? En nuestro tiempo, más que en el pasado, estamos tan absorbidos por las cosas terrenas, que a veces es difícil pensar en Dios como protagonista de la historia y de nuestra vida. Sin embargo, la existencia humana aspira por su naturaleza a algo más grande, que la trascienda; no se puede suprimir en el ser humano el anhelo de justicia, de verdad, de felicidad plena".

"Ante el enigma de la muerte, muchos desean y esperan reencontrarse en el más allá con sus seres queridos" y creen en "un juicio final que restablezca la justicia, esperando en una confrontación definitiva que dé a cada uno cuanto le corresponde".

Para los cristianos, explicó Benedicto XVI, la "vida eterna" no indica solamente una vida que dura para siempre, sino también una nueva calidad de la existencia, plenamente inmersa en el amor de Dios, que libera del mal y de la muerte y nos pone en comunión sin fin con todos los hermanos y hermanas que participan en el mismo Amor. La eternidad, por eso, puede estar ya presente en la vida terrena y temporal, cuando el alma, mediante la gracia, se une a Dios, su fundamento último".

"Meditemos en estas realidades -concluyó el Papa- pensando en nuestro último y definitivo destino que da sentido a las situaciones cotidianas. Renovemos el gozoso sentimiento de la comunión de los santos, dejando que nos atraigan hacia la meta de nuestra existencia: el encuentro, cara a cara, con Dios".