Un pasaporte imposible

Surgió la posibilidad de viajar a Roma, me alegré mucho, pero tenía el pasaporte vencido. Aunque casi no conocía a Dora, decidí pedirle que me ayudara con el trámite.

Relatos y favores
Opus Dei - Un pasaporte imposible

A inicios del año pasado surgió la posibilidad de realizar un viaje a Roma para asistir al congreso UNIV. Los días siguientes, revisé mis papeles y me di cuenta de que tenía el pasaporte vencido y, en ese momento, en mi país no otorgaban pasaporte a nadie por falta de material para imprimirlo.

Además el periodo de tiempo para iniciar el trámite era poco. Igualmente, a pesar de todos los factores negativos, decidí iniciar el trámite ya que no perdía nada. Cuando estaba buscando toda la documentación que debía llevar, no conseguía por ningún lado el pasaporte vencido. Me preocupé un poco y con mi madre empezamos a buscar por toda la casa: registramos todos los clósets, estantes, gavetas. Luego de registrar todo y sin resultado, me dirigí por última vez a la cocina y me fijé en una estampita de Dora que estaba pegada en la nevera y le pedí que me ayudara a encontrar el pasaporte. Al rato volví a revisar un clóset, a pesar de que mi madre me dijo: “Ya hemos revisado ahí muchas veces, revisa en otro lado”. Abrí el closet y encontré el pasaporte casi en frente de mí. Me alegré mucho y aunque no conocía mucho a Dora, decidí pedirle a ella que me ayudara con todo el trámite.

Me fijé en una estampita de Dora que estaba pegada en la nevera y le pedí que me ayudara

Luego me dirigí a la oficina principal de la entidad encargada. Cuando llegué había colas kilométricas de personas que se trasladaban de distintos estados del país hacia la capital en busca de respuestas y soluciones acerca de sus trámites; era un escenario desolador, ya que había personas que tenían meses intentándolo y que no lo conseguían: no te daban respuesta, ni esperanza. En ese momento pensé: “Esto será imposible…”, pero igual me acerqué y pregunté qué se tenía que hacer para agilizar el proceso o con quién podía hablar para plantearle que debía conseguir un pasaporte para poder asistir al congreso. En ese momento la persona encargada me dijo que era bastante difícil, pero que intentara redactar una carta de exposición de motivos, debido a que solo tenían algunas “consideraciones” si eran motivos académicos, de salud o trabajo.

Durante toda la semana recé diariamente la oración de la estampa de Dora

A la semana siguiente fui a llevar la carta y llegué minutos antes que cerraran, todo estaba igual de colapsado que la semana anterior. Como pude, me fui metiendo entre la gente, hasta que llegué a la cinta de seguridad, donde se encontraba un señor diciendo que ya no iban a recibir más cartas y que ya se retiraran de la cola. En ese momento recé la oración de la estampita a Dora pidiéndole que me ayudara a entregar la carta ese día. Entonces, las personas se iban retirando y yo pude ir avanzando. Tenía la carta metida en una carpeta y en ese momento la saqué. De repente, salió un señor alto, vestido de traje, que dijo muy rápidamente: “Solo voy a recibir cartas que tengan en sus manos”. Para mi sorpresa, yo era la única que la tenía en mano, se la entregué y le pregunté en qué tiempo aproximadamente tendría respuesta. El hombre me dijo: “Mínimo quince días hábiles” y se retiró. De pronto, la muchacha a mi lado comentó: “Te la recibió el que te la tenía que recibir, ese es el indicado”. Y le pregunté: “¿Por qué?”, ya que no sabía quién era y ella me respondió: “Ese es el director general (de la entidad), quédate tranquila y ten fe”.

Durante toda la semana recé diariamente la oración de la estampa de Dora. A la semana siguiente, regresé a la sede principal con una amiga que se encontraba en la misma situación, realizamos una cola y no obtuvimos ningún resultado. Después vimos que había una cola solo para preguntar el estatus del trámite y mi amiga me alentó a que la hiciera, con la excusa de aprovechar el tiempo; en el fondo yo sabía que solo habían pasado siete días de los quince que me habían dicho. Me puse en la cola, rezando a Dora hasta que llegó mi turno. Cuando di mi nombre y vi la pantalla todas las casillas del trámite estaban en verde y yo no sabía qué significaba eso, en ese momento el encargado me dijo: “Su pasaporte ya está listo, tiene que pasar por la taquilla retirándolo”. No me lo creía aún, me dirigí a la taquilla y me dijeron que esperara sentada, que me iban a llamar. Estaba bastante nerviosa pero igual me senté y seguí rezando la estampa una y otra vez.

Me senté y seguí rezando

Finalmente, pasaron como cuarenta minutos sin que me llamaran. Estaba muy impaciente hasta que me decidí a rezar una estampa diciéndole a Dora que no quería ser impaciente y desconfiada, pero que me llamaran ya. Y segundos después se escuchó mi nombre por el micrófono, fui corriendo y efectivamente ¡era mi pasaporte! No tuve ninguna duda que Dora fue la que me ayudó a sacar ese pasaporte que parecía imposible. Al mes, me estaba montando en un avión rumbo a Roma al congreso UNIV. Gracias, Dora.

M. R. G.

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